Si no apuntalamos los ingresos, reviviremos la tragedia griega

27 nov 2019 / 08:46 H.

    La revalorización de las pensiones con el IPC es ya un camino sin retorno, tal como ha rubricado la reciente campaña electoral. Hay consenso al respecto entre los partidos políticos, quizá porque ninguno es capaz de cargar electoralmente con la reacción en contra que depararía en las urnas arbitrar otro índice de actualización. No olvidemos que los pensionistas suman casi 10 millones de votos y, como ya advirtió el Banco de España, la creciente edad del votante mediano complica la adopción de medidas impopulares en materia de pensiones.

    No obstante, la revalorización con el índice de precios es un lema electoral que tiene más de publicitario que de eficaz, máxime cuando las tasas de inflación se mantienen en bajos niveles. En cualquier caso, las distintas formaciones desoyen sistemáticamente las advertencias sobre que las Cuentas Públicas no pueden soportar una actualización de las pagas al IPC sine die si no se adoptan simultáneamente medidas por el lado de los ingresos para financiarla. Y ahí es donde hay que incidir, en apuntalar los ingresos, o afrontaremos subidas de los impuestos directos de hasta el 35 por ciento de aquí a 40 años, según cálculos de Fedea.

    No sólo eso. El déficit de la Seguridad Social ya se ha enquistado en el entorno del 1,3-1,5 por ciento del PIB, según AIReF y, a medida que se sigan agravando los números rojos de nuestras maltrechas cuentas, ese desajuste perenne será mayor, por lo que tendrá sin duda un impacto negativo en la evaluación que Bruselas y los mercados hagan de nuestras finanzas públicas. En cuanto el colmillo de la prima de riesgo aceche, las autoridades comunitarias tratarán de embridar a España, como en su día hicieron con Grecia, algo que hay que evitar a toda costa. No olvidemos que Atenas tuvo que practicar fuertes recortes en las pensiones: desde el 23 por ciento al 55 por ciento.

    Por eso, urge reflexionar seriamente sobre la financiación del mayor gasto y buscar un reequilibrio de las cuentas que pasará necesariamente por alguna reforma de futuro que asuma ya, negro sobre blanco, el cambio de modelo en España; cambio que ya se evidencia por la vía de las cifras, pero que no se ha encajado en el imaginario político con la suficiente verosimilitud como para llamar a la responsabilidad de adoptar las recomendaciones de los expertos o seguir el ejemplo de países, como los escandinavos, que detuvieron la sangría de las cuentas de la Seguridad Social.