Protección social ‘complementaria’

Antonio Benito, director de Formación de CNP Partners

26 jun 2019 / 10:27 H.

    Hoy queremos diferenciar la protección de nivel público de la protección de nivel complementario, que debe incluir diferentes medidas que, aunque podrían ser calificadas como típicas de la Seguridad Social, vienen a ser complementarias a éstas.

    Su principal función es la de mejorar la situación económica una vez se produzcan diferentes contingencias, debido a la insuficiencia o ineficiencia del sistema público y sirven, además, como mecanismo de ahorro a largo plazo con un tratamiento fiscal favorable -sí, favorable, aunque “algunos piensen lo contrario”, solo hay que hacer bien las cosas-, generando, por tanto, seguridad en el futuro.

    Debemos considerar las prestaciones que ofrece actualmente el sistema público como un punto de partida que, hoy por hoy, debemos desarrollar para conseguir mejorarlas.

    Este desarrollo se puede realizar a través de múltiples instrumentos, colectivos o individuales; concretándose en la contratación de los mismos mediante aportaciones de ciertas cantidades -aquí entra la capacidad económica de cada individuo- que darán cobertura a determinadas contingencias a través de mecanismos de capitalización -si están basados en interés compuesto ¡perfecto!; recordemos lo que manifestó Einstein, que definió el interés compuesto como la octava maravilla del mundo-, y con una única finalidad, obtener mejoras en relación al nivel básico ofrecido por la Seguridad Social.

    Este nivel básico de cobertura pública da muestras, desde hace algunos años, de cierto agotamiento, que viene motivado por diversos factores que se van acumulando, tales como el envejecimiento de la población, el déficit público, la debilidad de los ingresos, la ineficiencia en la gestión de los recursos, etc., factores que inevitablemente producirán, no tardando, una disminución en las prestaciones.

    Observando las tendencias de nuestro sistema de pensiones, -y sin entrar a valorar los últimos informes sobre la salud financiera del mismo-, orientadas hacia un retraso de la edad de jubilación ordinaria, mayores trabas para la jubilación anticipada, a considerar toda la vida laboral para realizar el cálculo de la pensión y hacia una revalorización de las pensiones que probablemente implique una pérdida de poder adquisitivo, hoy es una necesidad vital, de obligado cumplimiento, hacer una profunda reflexión para valorar si todavía existen incentivos para tomar la decisión de comenzar a planificar nuestra jubilación y empezar a crear un plan -y llevarlo a cabo- con la única finalidad de mantener los estándares de vida que deseamos.

    Y no es más cierto que tomar una decisión sobre algo, por muy importante que sea, cuyos frutos veremos dentro de 15, 20 o más años, es algo que nos cuesta decidir. No vemos los frutos de manera inmediata, existe una gran desconexión entre el momento del ahora, donde tenemos que empezar a construir nuestro futuro, y el momento del mañana, en el que tendremos que utilizar esos recursos. Y esa desconexión tiene unas causas perfectamente definidas.

    Por una parte, preferimos la inmediatez al resultado postergado. No conectamos con nuestro yo futuro, ese yo que debería echarnos un rapapolvo cada año que pasa y seguimos sin preocuparnos por nuestro futuro, porque conoce perfectamente la necesidad de ahorrar, pero no encuentra el momento de hacerlo.

    Y, en gran parte, no encuentra el momento de hacerlo por la falta de información sobre cuál será su futura situación, aspecto que se puede considerar como una de los principales causas para no comenzar a ahorrar.

    Si cada trabajador supiera la cuantía de su pensión futura y tuviera, al menos, algunos conocimientos de cómo funciona nuestro sistema de pensiones, tendría varios elementos de juicio para poder tomar decisiones sobre su ahorro finalista, sin esperar a que nuestro sistema de reparto sea capaz de sufragar la prestación de jubilación durante el resto de su vida -no olvidemos que a los 12 años de prestación un trabajador del régimen general ha recuperado todo lo que ha contribuido a la Seguridad Social, y en el Régimen de Autónomos antes. Tampoco debemos dejar de pasar la ocasión para comentar que las cotizaciones son íntegramente deducidas en cada IRPF, en su totalidad-.

    Y lógicamente otro factor que debemos tener en cuenta es la capacidad de ahorro. Está demostrado que se puede ahorrar más cuanto mayor es el nivel de renta, pero también se ha demostrado que la tasa de ahorro de los hogares españoles depende básicamente de la confianza de los propios hogares. Al principio de la crisis, se disparó el ahorro de las familias. No tenían más renta, pero ahorraban por temor a lo que podía pasar en el futuro.

    Siempre encontraremos motivos suficientes para no empezar a ahorrar, y la realidad es que hay que empezar ya, porque si no lo hacemos, -y aunque, siempre podremos esperar una reforma completa del sistema público que nos beneficie a todos-, estaremos dejando a un lado nuestra responsabilidad de cuidar de nuestro futuro. Somos nosotros mismos los que debemos asumir la obligación de comenzar a ahorrar para no terminar con una pensión insuficiente y un nivel de vida que no deseamos.