Preparar el terreno para una reforma más allá del Sistema

30 oct 2019 / 08:49 H.

    Pensar que la reforma del sistema público de pensiones pasa por garantizar solo la sostenibilidad de las cuentas de la Seguridad Social sería volver a caer en las perniciosas rutinas cortoplacistas de las que adolece la política aplicada en nuestro país en materia de protección para la vejez. Si bien resulta inasumible convivir con un desfase en las cuentas del Sistema que ronda cada año los 18.000 millones, son varios los flancos desde los que se deberá afrontar el reto derivado del envejecimiento de la población y los efectos colaterales asociados.

    El primer ámbito que recibirá el impacto de la vejez en su área de actividad es la Sanidad. Resulta imperioso llevar a cabo una política de racionalización de los recursos disponibles en este ámbito como paso previo para estimar las necesidades y capacidades del nuestro sistema sanitario en un entorno en el que probablemente -dentro de unas décadas- seamos la región del mundo con una mayor esperanza de vida. Ello implicará de facto una mayor dotación presupuestaria por parte del Estado, ahora en el entorno del 6 por ciento del PIB. Pero no será el único eslabón que necesitará de engrase si se pretende garantizar la protección de las clases pasivas y el mantenimiento de su nivel y calidad de vida.

    Otros dos ámbitos que necesitan de un refuerzo de sus estructuras, y que soportarán mayor carga de atención social durante las próximas décadas, son los del cuidado de larga duración y la dependencia. En el primer caso, ya son varios los informes que apuntan al desarrollo que experimentarán los negocios asociados a esta coyuntura, generando oportunidades en la construcción de centros de mayores o de empresas de trabajadores para el cuidado de personas con necesidades en la ancianidad. Ello, ante un escenario de mayor demanda por parte de una sociedad cada vez más mayor, causante -en positivo- de los mayores desembolsos que se prevén para las situaciones de dependencia, sobre todo en aquellas asociadas a enfermedades que tienen su desarrollo durante la tercera y cuarta edad.

    Los estudios que sitúan a nuestro país como el más longevo en los próximos años son los mismos que dan cuenta de una esperanza de vida que en muchos casos llegará a los cien años, lo que fuerza una reforma global y transversal de todas las materias asociadas a la mayor longevidad para que esta se desarrolle con la mayor calidad de vida.