Los mitos que impiden
el acercamiento a la inversión

Francisco Quintana, director de Estrategia de Inversión en ING España

31 jul 2019 / 11:35 H.

    Vivienda y cuenta en el banco. Éstos han sido los dos instrumentos que los españoles hemos usado para ahorrar en los últimos 50 años. Juntos representan casi el 90 por ciento de la riqueza de las familias. Pero, además de para ahorrar, ¿nos están sirviendo para invertir? No, al menos en el sentido en el que se usa el término inversión en el mundo de las finanzas: “La utilización del dinero para generar más dinero”, según el Financial Times.

    En España, sólo un 9 por ciento de la vivienda se compra con la intención de generar una renta o un beneficio en el momento de su venta. En general compramos una casa para vivir en ella (75 por ciento del parque inmobiliario) o para pasar nuestras vacaciones (12 por ciento). Las cuentas y depósitos tampoco generan dinero. Lo hicieron en su momento: en los 50 años anteriores a la crisis de 2008 proporcionaron rentabilidades reales positivas -es decir, por encima de la inflación- de alrededor del 2 por ciento anual. Pero el desplome de tipos de interés que siguió a la crisis de 2008 acabó con esto. Entre 2008 y 2017 la remuneración media en depósitos cayó del 5 por ciento al 0,1 por ciento. Los 880.000 millones de euros -un 75 por ciento del PIB nacional- que guardamos en nuestras cuentas ya no rinden nada. Entonces, si ni vivienda ni cuentas están generando dinero para el futuro, ¿cómo están invirtiendo los españoles? La realidad es que apenas lo están haciendo. La inversión anual per cápita en nuestro país se sitúa en 642 euros por persona y año, menos de la mitad de los 1.432 de la zona euro. Seguimos ahorrando en las cuentas, que en 2018 crecieron un 2,8 por ciento, unos 24.000 millones de euros.

    ¿Por qué no invertimos? ¿Por qué los hogares españoles mantienen una media de 47.000 euros en efectivo en el banco? Las explicaciones más comunes no se sostienen: no somos más conservadores que el resto de los europeos -los españoles estamos en la media; alemanes, holandeses y austríacos son más conservadores, pero invierten un porcentaje mayor de sus ahorros-. Tampoco es la incertidumbre de la coyuntura actual: las cifras de inversión han sido siempre bajas y muy por debajo de la media europea.

    Tampoco convence achacarlo al entorno de tipos bajos, porque ese es igual para toda la región. Sin duda, hay un elemento de inercia: no invertimos porque nunca lo hicimos antes, y no lo hicimos antes porque no hizo falta. Pero hay algo más, elementos de nuestra cultura popular financiera -falsas creencias y mitos que distorsionan las decisiones de ahorro-. Es falso, por ejemplo, que en las cuentas y depósitos bancarios no se pierda dinero. Con los tipos por debajo de la inflación, el ahorro español ha perdido un 18 por ciento de poder de compra a lo largo de los últimos 15 años, y en los próximos cinco años perderá un 9 por ciento adicional.

    A esto hay que añadir falsos mitos acerca de la complejidad y el riesgo del mundo de la inversión, que desaniman a muchos ahorradores.

    El primero de estos mitos es el de que invertir en bolsa conlleva un riesgo altísimo de perder dinero. Cierto, pero sólo en horizontes temporales cortos y sin diversificación. En periodos largos la probabilidad de sufrir pérdidas se reduce hasta convertirse en insignificante -el principal índice de bolsa mundial nunca ha sufrido pérdidas en un periodo de 10 años- mientras que la probabilidad de obtener la rentabilidad media a largo plazo -un 6,5 por ciento anual en el caso de la bolsa mundial- se incrementa hasta acercarse al cien por cien. El segundo mito se deriva del primero: puesto que invertir es algo muy arriesgado y complejo, solo los expertos pueden elegir en qué y cuándo invertir con garantías. No es cierto. En cualquier periodo de 10 años del pasado, más del 90 por ciento de los gestores de bolsa mundial han obtenido resultados por debajo del índice al que pretendían batir. Y es que las variaciones de los mercados financieros a corto plazo son impredecibles, y las altas comisiones que cobran estos expertos -un 2,05 por ciento de media en la bolsa española- lastran la rentabilidad. Pero existen alternativas.

    Los expertos no son necesarios y el riesgo es manejable si se respetan tres principios fundamentales: invertir barato, de manera diversificada, y a largo plazo. Las dos primeras condiciones se resuelven con la gestión pasiva, una estrategia de inversión cuyo objetivo es replicar el conjunto del mercado, en lugar de intentar mejorarlo. Al no necesitar el concurso de expertos, es mucho más barata, y, al invertir en índices compuestos de cientos de empresas, reduce el riesgo de que, por accidente, nos expongamos en exceso a empresas o sectores que vayan mal. Además, con la gestión pasiva el inversor no tiene que decidir cuándo comprar o vender, ya que no hay movimientos tácticos, no se intenta adivinar cuando el mercado va a subir o bajar. El tercer elemento, el largo plazo, permite navegar la volatilidad del mercado. Los periodos malos se compensan con los buenos y al final se obtiene la rentabilidad a largo plazo de la bolsa mundial, que no es más que un reflejo de la expansión más o menos continuada de la economía mundial.

    En resumen, el riesgo de los mercados financieros es manejable bajo ciertas condiciones: bajo coste, diversificación y plazos temporales largos. Los ahorradores españoles tenemos que empezar a interiorizar estos principios, porque es improbable que las cuentas bancarias vuelvan a ser lo que fueron.