La cama de Procusto
y el aumento del 0,9%

Miguel Ángel Bernal, Consejo Editorial ‘elEconomista Pensiones’

30 oct 2019 / 09:00 H.

    Quién era Procusto? Procusto es una figura mitológica clásica griega, un mesonero que acogía a los viajeros y por las noches les secuestraba y les torturaba. Llegada la noche, Procusto encadenaba a los visitantes a una cama, si el viajero tenía una medida superior al lecho les cortaba brazos y piernas para acomodar su medida a la cama; por contra, si su tamaño era inferior entonces le estiraba sus huesos hasta ajustarlos al tamaño del lecho. Al igual que Procusto, nuestro Ejecutivo en funciones ha tomado la decisión de subir las pensiones un 0,9 por ciento. Ante esta decisión, cabe algunas reflexiones.

    El Gobierno de Pedro Sánchez ha propugnado la subida de las pensiones referenciada al “IPC real”, sigo sin saber qué es eso del índice de precios de consumo real, la bandera para recolectar votos de los jubilados. Por tanto, si el actual Ejecutivo en funciones cumple su promesa, me pregunto si acaso el Gobierno, en un acto de adivinología o ciencias ocultas, sabe que el IPC va a ser, efectivamente, del 0,9 por ciento. Y, por ende, ¿qué hará, entonces, Pedro Sánchez si el IPC real no es finalmente del 0,9 por ciento? ¿Hará lo mismo que Procusto?

    En el caso de que el año que viene resultase que el IPC fuese superior a ese 0,9 por ciento, entonces la promesa de Sánchez de subir las pensiones al IPC, para que los pensionistas no pierdan poder adquisitivo, quedaría incumplida.

    ¿Cómo se sentirán aquellos pensionistas que en las próximas elecciones, creyendo la promesa de Sánchez, vean drenado su poder adquisitivo?

    Claro, que puede ocurrir que el IPC fuese finalmente inferior a la cifra elegida por el Gobierno para la revalorización de las pensiones el próximo año, y entonces los pensionistas tendrían un aumento superior: entonces, seremos muchos los que nos preguntaremos cómo queda la solvencia de nuestro sistema de pensiones.

    Este país sigue enzarzado en la reforma de nuestro sistema de pensiones, un sistema que es como un traje donde las costuras se han roto.

    Desde hace tiempo, los que miramos y estudiamos nuestro sistema venimos comentando la debilidad del actual modelo. El envejecimiento de nuestra población, que se agudizará en los próximos años de forma muy acelerada; un mercado laboral con un alto nivel de precariedad que se traduce en bajos salarios; la caída de la población activa que resta cotizantes al sistema; y el aumento del importe de las nuevas pensiones son las principales causas de la crítica situación financiera de nuestras pensiones. Esta es la realidad de nuestro sistema público, y es algo que ponen reiteradamente de manifiesto una y mil veces todos los economistas y estudiosos del tema.

    El sistema de pensiones se basa en que sea autofinanciable, es decir, que tenga, con una visión de largo plazo, un equilibrio entre las cotizaciones y el pago de las pensiones. Debe el sistema, a su vez, tener un sentido de sostenibilidad para que los que nos vamos a jubilar o para que nuestros hijos puedan en el futuro cobrar sus pensiones de jubilación dado que están o estarán contribuyendo al pago de las actuales prestaciones. Por supuesto, debe ser también suficiente para que los jubilados presentes y futuros -no perdamos de vista a los futuros- tengan una pensión suficiente para tener un nivel de vida digna. Pues bien, estos tres principios son los que están actualmente en peligro, un peligro que hace que muchos estemos preocupados.

    Solamente sacando las pensiones de la dialéctica política, cada vez más populista y cortoplacista, seremos capaces de mantener un sistema de pensiones que es uno de los pilares básicos de una sociedad avanzada y desarrollada. Y la solución no está en acomodar el IPC a la subida, algo más propio de Procusto que de Gobiernos y responsables políticos.

    La necesidad de realizar reformas de nuestro sistema de pensiones es ineludible, y el mensaje no es el de nuestros pensionistas, el de que las pensiones se revaloricen con el IPC, sino que la necesidad ulterior es la sostenibilidad de nuestro sistema de pensiones. Toda la sociedad, no solo los pensionistas, deberían preocuparse por el actual problema si esto es lo que queremos conseguir.