El ahorro a largo plazo, una cuestión de responsabilidad

24 dic 2019 / 08:59 H.

    Ya no es una opción. Ahorrar a largo plazo
    es prácticamente un deber y un acto de responsabilidad. Los tiempos en que el sistema público daba una solución completa a la jubilación han terminado y hay que asumirlo. Por el bien de todos. La evolución demográfica hace que esto suceda y cualquier presión de los actuales pensionistas que atraiga para ellos más ingresos en la actualidad operará en detrimento de los ingresos de futuras generaciones. Para equilibrar, en lo posible, el reequilibrio intergeneracional de gastos e ingresos del sistema público se torna necesaria una mayor concienciación entre los actuales cotizantes, en orden a que aborden su ahorro privado a largo plazo como prácticamente una obligación y un seguro financiero para protegerse de los vaivenes que pueda sufrir el sistema público. Para ello es necesario, ante todo, conocer cuál será la futura pensión que se va a cobrar, algo que ahora se torna un arcano ya que los sucesivos Gobiernos siguen incumpliendo la obligación de enviar la carta naranja con la proyección de pensión. Sería lo óptimo, ya que el conocimiento de esa cifra facilitaría calcular cuánto ahorrar en función del objetivo de capital acumulado pretendido. En cualquier caso, el hecho de ignorar la información pública sobre la cuantía de la pensión futura no sirve como eximente. Hay que ahorrar a largo plazo ante la expectativa de unas pensiones que tendrán menor poder adquisitivo. Y para ello hay que abrazar la siguiente fórmula: ingresos - ahorro obligatorio = capacidad de gasto. Esa es la fórmula que permite generar gradual, disciplinada y sostenidamente en el tiempo un capital a largo plazo en vez de la que solemos usar (ingresos - gastos = ahorro, si es que hay lugar).

    Una vez adoptada la conducta de ahorro como un hábito, lo siguiente es planificarla de la forma que mejor se ajuste a las circunstancias personales, familiares, fiscales y vitales del trabajador. Para ello, lo mejor es acudir a profesionales independientes, a asesores de planificación financiera, que analicen todas esas circunstancias, además del perfil de riesgo que se quiere o puede asumir. En cualquier caso, lo principal es adoptar la determinación para abordar ese ahorro y abrazar la convicción para mantenerlo. El siguiente paso es el acopio de información y, en el supuesto de ser necesario, el recurso a un gestor que ayude a elegir el producto más idóneo en función de la edad, el empleo, el horizonte hasta la jubilación, la propensión al riesgo y la fiscalidad, entre otros factores.