Fondos y riqueza nacional, un binomio
de ida y vuelta

Se suele vincular el volumen en IIC con el brío económico del país, y lo cierto es que una industria de fondos de inversión potente refuerza la riqueza nacional, pero no necesariamente la determina

27 mar 2019 / 10:08 H.

La utilización de las Instituciones de Inversión Colectiva (IIC) como vehículos de ahorro a largo plazo, se ha intensificado en los últimos años gracias a la popularización de los fondos de inversión. En este sentido, tal como muestra el informe de 2018 de la patronal de los fondos en España (Inverco) el patrimonio estimado de las IIC ha alcanzado los 40,6 billones de euros a nivel global, situándose por encima del PIB mundial, a pesar de una pequeña contracción con respecto a 2017. Se trata, por tanto, de uno de los segmentos más importantes de la industria financiera en todo el mundo.

En España, la tendencia a usar este tipo de mecanismos de ahorro sigue siendo creciente a pesar del mal comportamiento de los mercados financieros en 2018 y el comportamiento preocupante de la tasa de ahorro de las familias (4,7 por ciento de la renta disponible, mínimo de la serie histórica). Estructuralmente, es un mercado en crecimiento, el cual se sitúa al cierre de 2018 por encima de los 450.000 millones de euros o, lo que es lo mismo, un 37,68 por ciento del PIB. A ello hay que añadir los más de 100.000 millones gestionados a través de fondos de pensiones que son los que sirven de soporte a los planes de pensiones comercializados en sus diferentes modalidades -individual y empleo, sobre todo-.

Con estos datos, puede inferirse fácilmente la pujanza del sector de las IIC a la hora de captar ahorro, incluso pudiendo pensar que se desarrolla con un grado estrecho de correlación con el PIB de los países. En este sentido, una posible tesis sería “a más inversión colectiva, mayor riqueza nacional”. Sin embargo, ésta es una realidad muy compleja que no cabe resumirse en una relación tan simple de causalidad, dado que el crecimiento de estos vehículos depende de multitud de factores, incluso del propio nivel de PIB de los países donde están domiciliados estos vehículos. Merece la pena, por tanto, comentar los factores que condicionan el desarrollo de la industria de fondos y cuál es su relación empírica con el PIB fijándonos especialmente en el caso de España en comparación con sus socios europeos y OCDE.

En primer lugar, para que la inversión colectiva pueda crecer necesita de un mercado financiero desarrollado, flexible y con una regulación atractiva. Este fue el planteamiento en su origen para todos los países, pero los numerosos cambios introducidos en la industria han acarreado mayores costes y mayores exigencias de cumplimiento normativo que no se traducen necesariamente en mayor riqueza y, por tanto, desarrollo de los países. Exceptuando casos muy concretos de economías que viven de la gestión de activos como Luxemburgo, Suiza, Singapur u Hong Kong, en el resto se observa cómo la industria de fondos está más desarrollada en países prósperos que cuentan con un marco regulatorio estable y atractivo y donde el mercado de capitales está más desarrollado. Este factor es determinante, y no parece que empíricamente esté correlacionado con el PIB, dado que los vehículos de inversión colectiva tienen que alimentarse de un pool de activos cotizados que a su vez representan la evolución de la economía real, y eso es posible en lugares donde el mercado de capitales ha crecido lo suficiente y está correctamente interconectado con los mercados internacionales.

En segundo lugar, es necesaria una cultura popular del ahorro que permita concienciar al ciudadano del uso de su soberanía económica depositando su confianza en unos gestores que probablemente nunca llegue a conocer -ni tampoco normalmente habrá intención de hacerlo- para que muevan su dinero a lo largo del tiempo. Como bien señalan los teóricos del comportamiento humano últimamente agrupados en torno a las finanzas conductuales, el ahorrador necesita un estímulo y una automatización de las decisiones de inversión para poder planificar correctamente el dinero que desea tener en cada etapa de su ciclo vital. Por ello, un factor clave en la industria de fondos es buscar qué elementos o qué reclamos pueden ser eficaces para llamar la atención del cliente y estimularle a que invierta en IIC. Dado que la mayor parte de la comercialización de fondos se realiza a través de las redes bancarias, su experiencia acumulada en marketing le permite desarrollar estrategias de captación de fondos utilizando reclamos como bonificaciones en traspasos, regalos (la típica batería de cocina o ahora el ordenador o tablet) y algunas diferentes ventajas económicas vinculadas a la contratación de otros productos dentro de la misma entidad. Si bien el gancho puede ser efectivo en muchos casos, en la mayor parte muestra poca eficacia a la hora de sistematizar aportaciones a lo largo del tiempo. La pregunta es: ¿cómo motivar al ahorrador en fondos de inversión para que lo siga haciendo y a la primera de cambio no decida hacer el reembolso de lo que ha aportado?

Para eso se necesita otro tipo de planteamiento basado, por ejemplo, en utilizar aspectos de la planificación financiera como la fiscalidad. Precisamente la variable fiscal fue clave en el desarrollo de la industria de fondos en España a principios de los años noventa, dado que era un vehículo fiscalmente protegido en la época en que los tipos de interés estaban al 15 por ciento y las cuentas corrientes rendían hasta un 12 por ciento. Todavía pueden recordar los lectores un anuncio de televisión muy popular en aquella época en el que se publicitaban los denominados superfondos como un vehículo en el que nuestro dinero estaría a salvo de las garras del Fisco generando una rentabilidad mayor que en los depósitos.

En tercer lugar, es necesario un funcionamiento blindado de cualquier tipo de intervención, manipulación e inseguridad jurídica al igual que sucede en Estados Unidos o Reino Unido donde especialmente la industria de fondos de pensiones funciona como un reloj suizo con unas normas estables y comportamiento predecible a lo largo del tiempo. Uno de los principios más importantes es el de la liquidez, es decir, la seguridad de que si un partícipe quiere deshacer su inversión y recuperar su dinero, lo va a poder hacer sin ningún tipo de problema en un plazo corto de tiempo con toda la información necesaria y suficiente para hacerlo. Para ello, el patrimonio de cualquier IIC (que es propiedad de los partícipes, no de la sociedad gestora) debe estar separado de otras actividades de riesgo y protegida su liquidez a través de una reserva 100 por ciento aplicable al banco depositario.

A este respecto, en el mercado español existe un mal precedente de quiebra durante un tiempo de estas reglas que fue el proceso de intervención y posterior liquidación de Banco Madrid. Esto produjo indefensión en los partícipes que deseaban rescatar su dinero de los fondos gestionados por la gestora de esta entidad y, por tanto, tener que soportar pérdidas en las valoraciones de sus fondos por hechos completamente alejados de la gestión y el día a día de los fondos de inversión que esta casa gestionaba. Por ello, buena parte de los esfuerzos en el mercado español han ido encaminados en los últimos años para asegurar que esto no vuelva a ocurrir, quedando como un hecho aislado en una industria con un histórico de más de treinta años.

Por último, no hay una relación evidente entre la aversión al riesgo (factor determinante a la hora de hacer inversión colectiva) y el nivel de riqueza de los partícipes. Sí es posible que exista entre el aumento o reducción de su aversión al riesgo y el ritmo al que crece su patrimonio, cosa extensible a nivel país.

Por consiguiente y, en conclusión, una industria de fondos potente influye en la riqueza de los países, incluso la refuerza, pero no necesariamente la determina. Se necesita un caldo de cultivo con perspectivas de crecimiento y desarrollo económico, junto con un buen sistema regulatorio, para que los fondos crezcan y jueguen el papel de instrumentos adecuados para una gestión del ahorro a largo plazo.