Robots y empleo,
del mito a la realidad

Raymond Torres, director de Coyuntura y Economía Internacional de Funcas

26 dic 2018 / 20:16 H.

    La automatización de la producción de bienes y servicios y la introducción de algoritmos para desarrollar tareas antes desempeñadas por humanos están provocando un profundo cambio estructural tanto en la economía como en la sociedad. De nuestra capacidad para entender las mutaciones y orientarlas adecuadamente depende el futuro de nuestro Estado del bienestar.

    Ante todo conviene disipar el mito de la desaparición del empleo. La economía mundial, y singularmente la española, nunca había creado tantos puestos de trabajo. Estos últimos tres años, los países de la OCDE generaron un total de 25 millones de empleos netos. Además, el empleo aumenta a un ritmo próximo al de la economía, incluso en los países punteros en el progreso tecnológico. Así, la tasa de paro se sitúa por debajo del 4 por ciento, cerca de sus mínimos históricos, en Alemania, Estados Unidos, Japón y Corea del Sur.

    Algunos anticipan la sustitución a gran escala del trabajo humano por los robots. En realidad, lo que parece vislumbrarse es una mayor complementariedad entre personas y máquinas. Determinadas tareas, como el reconocimiento de voz o de imagen, se realizan de manera más eficiente mediante procesos algorítmicos. Algo que aumenta la eficiencia del trabajo humano, que puede dedicarse a tareas que requieren relación interpersonal, creatividad o participación en procesos de decisión colectiva -factores clave de competitividad-.

    Ahora bien, si el volumen total de empleos disponibles no se ve afectado -por lo menos en un horizonte próximo-, lo que sí cambia es la distribución sectorial y funcional del trabajo. Se pierden empleos en la banca tradicional, porque esas tareas se desarrollan mejor por la red. Y se generan nuevas oportunidades en las finanzas personalizadas, aquellas que se adaptan a las necesidades cambiantes de cada cliente.

    Además, aflora una demanda que antes no se podía satisfacer. Otro ejemplo de destrucción creadora es el comercio: si bien las ventas directas en grandes almacenes disminuyen, crece una demanda, antes oculta, gracias al comercio en línea.

    Sin embargo, aunque no se aprecia un impacto significativo sobre el nivel agregado de empleo, las nuevas tecnologías conllevan una transformación en el mundo del trabajo que se puede calificar de disruptiva. El modelo de trabajo a tiempo completo, para una sola empresa y en torno a una única actividad se está quebrando. La economía digital rompe esa triple unidad de tiempo, espacio y acción, porque el tamaño de la empresa ya no es decisivo. La ventaja competitiva radica en la conexión a la red, lo que da lugar a nuevas formas de empleo, como diferentes fórmulas de freelance, el nomadismo laboral -combinando el empleo tradicional con otra actividad-, o el crowdworking, que conecta directamente el trabajador con el consumidor final.

    Esta transformación contiene numerosas oportunidades, para jóvenes estudiantes que necesitan una fuente de ingresos, familias monoparentales, las más afectadas por la pobreza laboral, o las zonas rurales, que gracias a las nuevas tecnologías pueden conectarse a los polos de crecimiento -crucial para repoblar la España vacía-. Asimismo, los robots impulsan el desarrollo de países pobres -leap frogging-, como en Kenya, donde los algoritmos facilitan el acceso a la financiación de la economía, cortocircuitando las limitaciones de la banca tradicional.

    Sin embargo, también surgen nuevos desafíos, como refleja la creciente percepción de inseguridad laboral y de precarización. Los procesos de externalización, que propulsa la robótica, tienden a concentrar los riesgos en los más vulnerables, antes protegidos por convenios colectivos sectoriales. Según diferentes estudios, los trabajadores de empresas de distribución en línea padecen de peores condiciones de trabajo que sus homólogos en el comercio tradicional. Y, en general, las desigualdades se ahondan y polarizan, amenazando a las clases medias que se resienten de los cambios como refleja la revuelta de chalecos amarillos en Francia. La robotización va de la mano de una segmentación extrema en el empleo, que erosiona la cohesión social, acentúa las diferencias y contribuye al surgimiento de respuestas simplistas de la mano de populismos y proteccionismos. La amenaza es global y, de obviarla, se extenderá inexorablemente.

    Por su carácter disruptivo, el cambio tecnológico exige una reconsideración de las políticas públicas. La financiación de la protección social ya no puede descansar exclusivamente sobre el trabajo asalariado, ni la educación concentrarse en los años de juventud. El sistema impositivo, adaptado a una economía basada en empresas localizadas en el territorio nacional, tiene que evolucionar para abarcar el creciente flujo de transacciones digitales y sin fronteras. La propia producción de procesos digitales debe ser regulada, para proteger la privacidad, evitar discriminaciones y vigilar la formación de oligopolios tecnológicos. También tiene que ser guiada hacia la satisfacción de bienes colectivos como la lucha contra el cambio climático y la precariedad laboral. Cada país debe responder a estos desafíos y en el caso de España este sería el momento para emprender la senda reformista. Además, ciertos retos exigen mayor cooperación internacional, especialmente europea, como en el caso de la imposición digital y del control de los oligopolios tecnológicos.

    El futuro del empleo no está escrito. Dependerá de la capacidad de respuesta a la revolución tecnológica en marcha a través de las políticas públicas de largo recorrido y también de la voluntad de concebir robots que ayuden a los humanos a resolver los grandes problemas de nuestros tiempos.