Ahorro y deuda, dos trabas para la jubilación

Las familias españolas apenas ahorran 4,7 de cada 100 euros, lo que sitúa a nuestro país en la peor posición de toda la eurozona, y en una notable debilidad que, unida al elevado endeudamiento, supone una debilidad estructural a la hora de planificar la jubilación

29 oct 2018 / 19:31 H.

El Instituto Nacional de Estadística (INE) ha vuelto a revelar una de las realidades más preocupantes de la economía española: la caída permanente y sostenida de la tasa de ahorro de las familias. En términos de renta disponible y en media móvil trimestral, las familias españolas apenas consiguen ahorrar 4,7 de cada 100 euros de renta al cierre del segundo trimestre, lo cual sitúa al país en la peor posición de la eurozona y en la segunda peor posición a nivel europeo, sólo por detrás de Reino Unido y con un diferencial de casi 7 puntos porcentuales con respecto a la media de la eurozona (12 por ciento). Muy lejos se sitúan países como Francia (13,18 por ciento), Alemania (17,41) o Suecia (17,97). ¿Por qué las familias son incapaces de ahorrar más? ¿Qué causas están detrás de que la tasa de ahorro familiar en España sea sistemáticamente más baja que la media europea?

En términos coyunturales, las familias españolas están reduciendo su ahorro debido a un incremento del consumo por encima de su renta desde el inicio de la fase expansiva del actual ciclo económico. Así, mientras los salarios medidos en términos de contabilidad nacional -se computa sólo el empleo a tiempo completo- crecen a una tasa acumulada del 3,7 por ciento anual
-influenciados por el efecto sustitución en el mercado laboral entre antiguos trabajadores indefinidos a tiempo completo indefinidos a tiempo parcial-, el consumo o gasto en consumo final de los hogares crece al 4 por ciento a cierre de junio. Y, por tanto, dado el peso del consumo sobre la renta disponible, el ahorro bruto cae por encima del 30 por ciento. Dicho de otra forma: las familias están consumiendo por encima de lo que sus ingresos permiten y la única forma de financiar este comportamiento es quemando ahorro o también incrementando su endeudamiento.

No sólo la evolución de la renta disponible, tras una profunda crisis, condiciona el comportamiento del consumo y del ahorro en términos cíclicos. Dado el mayor multiplicador del consumo, hay otros factores que explican esta situación: a) La preferencia temporal de los agentes: el consumidor descuenta mucho más el presente respecto al futuro que antes. Tras años de crisis, el consumidor es más impaciente o más cortoplacista. b) La caída de los tipos de interés: la avalancha de liquidez en los mercados y la reactivación del crédito al consumo está posibilitando a las familias financiar gasto corriente como puede constatarse en campañas de vacaciones o de compras. Cuanto más cae el tipo de interés, más quiere el consumidor adelantar consumo futuro al presente, lo cual le obligará a ahorrar en el futuro. c) Las expectativas a futuro de la situación económica: la mejoría de las principales variables macro -excepto el ahorro- llevan al consumidor a formar unas expectativas mucho más positivas que hace años.

Factores estructurales en la caída del ahorro

Los factores cíclicos no acompañan precisamente para un aumento sostenido del ahorro familiar. Pero el mayor de los problemas y el que convierte al ahorro en el punto débil de la economía española está en los factores de naturaleza estructural. Cuando se aduce que los bajos salarios impiden ahorrar, es evidente que se trata de un factor coyuntural, puesto que en los años en que los salarios crecían por convenio por encima del 5 por ciento, la tasa de ahorro familiar marcaba mínimos históricos. ¿Cómo se puede explicar semejante agujero estructural? En primer lugar, es necesario acudir a la teoría del ciclo vital, la cual dice que un individuo ahorra por tres motivos: para financiar su formación y la de su familia; como previsión para potenciales incidencias -con especial atención a la vivienda como seguro a largo plazo-; y para cuando llegue el momento de la jubilación. Según estas premisas, el inicio de la vida laboral de la persona se caracteriza por tasas de ahorro negativas; es decir, endeudamiento. Más tarde, ahorra cada vez más hasta que llega al final de su vida laboral o empresarial, cuando su tasa de ahorro vuelve a ser negativa debido a que se usan los recursos acumulados para financiar sus gastos a partir de entonces. Por tanto, si el Estado se encarga de proporcionar todos los recursos en el momento de la jubilación y si también se encarga de financiar la educación con carácter público o en régimen de concierto, la teoría señala que el nivel de ahorro general de esta economía será menor que en otros países donde el Estado no garantiza pensiones o donde la previsión social tiene un carácter mixto -combinación de un primer pilar basado en pensiones públicas con un segundo basado en pensiones privadas-. Ésta es exactamente la evidencia disponible para España con respecto a sus socios europeos. En los países donde existe un sistema público de reparto como España, genera estructuralmente tasas de ahorro familiar más bajas y pensiones públicas más altas en relación al último salario percibido. Es decir, el sistema de reparto incentiva la generación de rentas presentes frente a la capacidad de generar rentas futuras vía ingresos financieros o disponibilidad de un capital ahorrado. En segundo lugar, dado que el Estado es el encargado de la provisión tanto de la educación como de la jubilación, el único pilar de previsión que queda en manos de las familias es el de los imprevistos, especialmente la provisión de la vivienda. A este respecto, las familias españolas hacen un considerable sobresfuerzo financiero para adquirir una vivienda en propiedad, lo cual hipoteca su ciclo vital. Así, el 63 por ciento de las familias españolas gasta sistemáticamente más de lo que ingresa a lo largo de su vida, siendo la principal razón la compra de la vivienda habitual. Esto nos lleva a ser el país donde la proporción de familias con vivienda en propiedad sea la más alta de la eurozona. En tercer lugar, factores demográficos, como el fenómeno de la longevidad, alteran la composición y la generación del ahorro intergeneracional. Actualmente, en España, la baja natalidad reduce el número de individuos en la edad joven, y la ampliación de la esperanza de vida lo aumenta en la vejez. Se produce un envejecimiento progresivo de la población que genera dificultades para las prestaciones públicas futuras y, por tanto, mayor concienciación para ahorrar y así complementar privadamente la pensión pública. Incluso las más recientes proyecciones demográficas hacia 2050, ponen en duda la capacidad futura del Estado para cubrir los compromisos de pensiones, lo cual debería ser un incentivo a planificar el ahorro y la inversión. Por último, las variables fiscal y sucesoria juegan un papel fundamental a la hora de explicar los bajos volúmenes de ahorro. El sistema fiscal español penaliza y discrimina el ahorro con múltiples impuestos, entre los cuales destacan el gravamen a las rentas del ahorro del IRPF, Patrimonio, Sucesiones y Donaciones, IBI, entre otros. España es de los pocos países que grava prácticamente por igual los flujos -rentas del capital-, incluso sin evitar la doble imposición con Sociedades -se eliminó la exención por dividendos-, que el stock -ganancias patrimoniales, Patrimonio e IBI-. Al mismo tiempo aplica las segundas cotizaciones sociales más altas de la OCDE sólo por detrás de Suecia, con una cuña fiscal sobre las rentas brutas del trabajo del 38,34 por ciento para 2018.

A la luz de estos datos, en suma, un sistema tan disfuncional como el actual exige la puesta en marcha de instrumentos financieros en los que los ciudadanos puedan situar el ahorro generado con el objetivo de la previsión, y que se estructuren con una visión a largo plazo. Éste es el reto actual no exento de dificultades, dado que en la mayoría de los casos es necesario trabajar sobre las personas para descubrirles sus verdaderas necesidades financieras, que en muchos casos no son ni conscientes de que las tienen.